Desaparece
la ciudad ante una nube de espesa niebla. Abajo aunque no puedo verla, la
ciudad se siente en calma como si uno estuviese en el cielo y fingiera ser el
Dios del Olimpo. De nuevo una suave brisa helada hace correr con armonía a la
neblina que pasea en mi balcón y logro
ver otra vez la ciudad, logro ver esta calle clarioscura que me infunde tanto
miedo.
Comienzo
a buscar entre las luces caídas a los pies de los postes y observo que los
tacones de los zapatos rojos de la mujer de caminar revelador están juntos a la
extraña figura. Pensé que seguro estaba en peligro, que la atracaban en ese
momento y por eso estaba detenida junto a él, que podría matarla y nadie lo
detendría. La mujer echa unos pasos hacia atrás y regresa a él como si la
hubiese halado por los brazos. Pero ella no emite ningún ruido, ¿por qué no
grita? Alguien puede ir en su auxilio. Yo tendría un motivo para bajar en su
auxilio aunque el miedo me pida que me quede.
La poca
luz no deja ver más que sus zapatos, mi desespero aumenta al pensar que se
cometerá un crimen antes mis ojos ¡Dios porqué me habré asomado a este balcón
en la noche de hoy! Si sé que mis temores me abrigarían en un clima como este.
Mientras
pensaba todo eso estaba abriendo la puerta de mi apartamento, no sé qué momento
llegué allí. Un impulso me guiaba por las escaleras hacia abajo, ni tiempo a pensar que podía tomar el ascensor para llegar a planta baja. Mis pies casi
rozaban las esquinas de los escalones que tenían un orillo de aluminio
plateado. Mis dedos pasaban firme pero suavemente entre los barrotes del
pasamano, un intento de sujetarme para frenar mi andar me quisquillaba en la
mano pero seguía bajando sin detener el ritmo.
Mi
corazón latía con más fuerza, me quería sentir un superhéroe para darme ánimo
pero faltando poco para salir a la recepción ya no me sentía tan héroe y menos súper. Pasé por la puerta de emergencia
con ímpetu de valentía y camino a pasos agigantados hacía la puerta principal.
Un vistazo de reojo me indica que el joven de la recepción ni se inmuta al
verme pasar, ya debe de estar acostumbrado a ver pasar a gente con tanta prisa.
Continúa...
Henry Martínez.-
¡¡Uy qué suspenso!!
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