viernes, 18 de marzo de 2016

SIMILITUDES

Jesús, casualmente es hijo de María. Piensa que está predestinado para grandes cosas pero aún no sabe que es.Ya va a cumplir los 18 años de edad y cree que sus pensamientos y sus recuerdos se les perderán hasta cumplir los 30.
No sabe aún quien es su padre, se lo ha preguntado a su mamá pero ella no le dice o no sabe que decirle pues ha tenido varias parejas. Por lo tanto Jesús se hace a la idea que José, que es con quien vive su madre actualmente es su padre pero tiene sus dudas.

Ellos viven en un barrio pobre, Jesús nació en su mismo rancho a las afueras de la ciudad y es el mayor de sus hermanos. Ha escuchado a algunos vecinos decir que cuando él nació solo acompañaba a su parturienta madre un perro y un gato y que  horas antes del parto se había ido la poca luz eléctrica que llega al sector y regresó justo en el momento de su nacimiento.

Jesús tiene pocos amigos pero muchos pensamientos y se ha dedicado a escribirlos desde hace poco para no olvidarlos, según él, y recordarlos cuando le regrese la memoria a los 30 años de edad y sepa ya cuál será su destino sin olvidarse de su pasado.

Jesús ha deambulado por el barrio de un lado a otro, el que conoce bien por que desde niño a acompañado a José para reparar y vender los objetos que hace con la madera que se consigue en los basureros. No es carpintero pero tiene cierta virtud con las manos para estos menesteres.

Jesús se sienta en un muro cerca de su casa para recordar las veces que se ha topado en diferente lugares, que son muchos, con gente un poco extraña. Trata de recordar con poca lucidez lo que le han dicho. Una de esas cosas es que un señor le dijo que era un niño muy especial y que de él va a depender los cambios por venir, otro le dijo que un día lo recordaran por las cosas que hará en el futuro y un tercero lo tomó de la mano para enseñarle que la vida es lo que uno quiere que sea.

Una mañana su madre María se levanta temprano para despertar a Jesús y ser la primera en felicitarlo por su cumpleaños número 18  y para que le haga un favor en el mercado. Entra en el cuarto donde duerme con sus otros hermanos pero no lo ve, despierta y pregunta por Jesús, al hijo que tiene más cerca en la habitación y este le dice que estaba anoche en la sala sentado y pensativo como siempre. María sale a preguntar a los vecinos si no han visto salir a Jesús la mañana de hoy a lo que estos le responden que no lo han visto. María levanta a unos de sus niños para que busque a José al basurero a ver si Jesús está con él, pero regresa con José un poco preocupado y sin Jesús.

Ya han pasado varios días y nadie sabe nada de Jesús, la policía ya tiene los datos de la denuncia de su desaparición pero no tiene pista alguna. María aún sigue  preguntando por él con el dolor y la angustia marcado en el rostro a todas partes que va, los hospitales no han reportado ni siquiera a alguien parecido a él pero María aunque triste no pierde las esperanzas de recobrarlo con vida. 

Ya la gente comienza a decir que fue el hampa que lo secuestró, que quizás ya fue ajusticiado, por la policía o algún delincuente drogado que lo confundió con un enemigo, pero todos saben que él no tenía problemas con nadie. Uno de sus pocos amigos, que sabía las inquietudes de Jesús y les dijo que el vendrá en su cumpleaños 30 y vendrá hecho hombre

María no quiere resignarse a perderlo pues es su primogénito. Nadie sabe qué ha pasado con él a semanas de su desaparición, ahora ya están diciendo para alentar a María en medio de su sufrimiento que “Jesús viene pronto” y debemos estar preparados para recibirlo. 

Henry Martínez.-

sábado, 12 de marzo de 2016

NOCTALGIA (Parte I)

Estuve caminando de un lado a otro hasta que decidí tomar un lapicero y empezar a plasmar sobre esta hoja de papel todo esto que no me deja dormir desde hace varios días.

Ya son pasadas las doce, ya es media noche y tal como en días anteriores tuve que salir de la habitación con el lapicero en una mano y la hoja de papel en la otra,  ya que no concilio el sueño. He sentido una sensación extraña en mí que no puedo describir, es algo así como una angustia, como que algo urgente debo hacer. También siento como esas ganas de escribir no sé qué, y cómo jamás he escrito nada más que esas pequeñas notas de tareas pendientes, para que me realicen un trabajo o para un favor, o esos pequeños párrafos con estupideces de enamorado que casi nunca entregué. Jamás me animé  antes a tomar este lapicero y esta hoja de papel que jamás estuvieron en la mesa…

¿Qué debería escribir? Me lo repito una vez más, pero aunque van y vienen a mi mente un sinfín de recuerdos, llegan de igual manera sensaciones de tristezas y alegrías, y de enojos, rabias por cosas que he dejado de hacer.

Regreso a la habitación y regreso a mi ritual, comienzo a caminar de un lado a otro en cortos pasos ya que mi habitación es pequeña y entre la cama y la mesa no queda mucho espacio y la penumbra de la oscuridad no deja mucho para ver por donde ando. Caminar apesadumbrado no es fácil. Decidí en los últimos pasos cada vez más cortos y más lentos retomar esa hoja de papel y ese lapicero.


Apenas he logrado doblegar  las rodillas para sentarme y empezar a escribir pero las piernas comienzan a moverse de arriba abajo con un ritmo cada vez mayor, el nerviosismo parece apoderarse de mí. Una sensación opaca e inteligible que se apodera de mi mente no me deja en paz. Pulso el lapicero sobre la hoja de papel en un intento que por enésima vez queda en blanco…suspiro y pongo la vista en el techo de la habitación que logro ver con los ojos cerrados tratando de  adaptarme un poco más a la oscuridad pero mi mente comienza a girar en torno a mi vida confundiendo el presente con el pasado y mezclándolo con mis ideas a futuro. Abro los ojos para tomar mi postura inicial, tomo de nuevo el lapicero y me provoca lanzarlo lejos junto a la hoja de papel, intento levantarme y un sonido llama mi atención, un sonido que tiene principio y se pierde como en un espacio sin fin a mis espaldas. 

continúa...

Henry Martínez.-

viernes, 19 de febrero de 2016

(LOS MENSAJES DE) HERMES TRITÓN

En un tugurio del pueblo de baruta, más o menos a las diez de la noche, permanece absolutamente solo en una esquina un hombre solitario y de piel marrón, aferrado a una botella musitando incomprensiones. En el bolsillo trasero de su pantalón lleva enrollada una gaceta y un bolígrafo azul. Alrededor de esa esquina se apretujan algunos borrachos en contra de las otras mesas y el mostrador. El primitivo y maloliente alborozo del final de la tarde casi está extinto ahora, con charcos de barro y cerveza entre las sillas, infinidad de chapas a lo largo del piso configurando laberintos para las cucarachas. Muchos pies tambaleantes y escupitajos. La música ha disminuido su estridencia hasta convertirse en un murmullo agitado y caluroso.


Los portugueses detrás del mostrador se disponen a cerrar; pasan el sucio y sempiterno trapito encima de la barra una y otra vez, hasta cebar la superficie con una inmaculada capa de grasa.

El hombre de la esquina parece estar medio borracho, pero 
completamente ensimismado en algún tormentoso pensamiento. Sus ojos amarillentos transpiran la consternación. Sostiene con ambas manos la botella y le da vueltas en sus dedos febriles, como buscando algo. Hasta hace minutos estuvo escribiendo sin parar en los márgenes de la gaceta: frases, números, formulas químicas y alquímicas -me refiero a símbolos y anotaciones astrales, nombres de hierbas-. Y durante la tarde estuvo también en eso en en metrobus. Lleva días escuchando algo, en las noticias. Presiente que puede descifrarlo.

No obstante, las últimas horas han sido febriles. Su mente está agotada del solo intento de mantener un cauce de pensamientos. Por lo cual ha estado escribiendo en los márgenes de la gaceta. 
Ciertas fórmulas, se ha dicho. Pero también garabatos de todas las especies, de tal manera que quien abre ese cuaderno se consigue con lo que parecen ser las anotaciones de un poseso.

Tiempo después este hombre desaparecería, y en nosotros quedarían los registros de su obsesión. Al salir de aquella cueva se encontraría de pronto en una esquina gris del pueblo de baruta. El estruendo repentino del camión de la basura no alcanza a sobresaltarlo, se hunde el ruido en un pozo de silencio que nace en la boca de su estómago. Siente náuseas, pero se incorpora. Debe llegar a salvo -como que recuerda. ¿Adónde?

Tambaleante, se escabulle detrás de un poste, hacia un callejón, como una lagartija en un planeta desconocido.

De Jesús Torres, creador del blog scorpionmeat.blogspot.com/

domingo, 14 de febrero de 2016

DEL AMOR, LA AMISTAD Y EL AMOR

Hola buenos días, feliz día del amor y la amistad, pero ¿Existe el  amor y la amistad entre nosotros?
¿Es un amor amistoso o una amistad amorosa? 
¿Como separar un cosa de la otra? 
Es casi imposible separar una cosa de la otra, por eso hay amigos que se enamoran y amantes que se hacen amigos.
De mi parte te ofrezco una amistad incondicional y te ofrezco un amor sin medidas, una eternidad sin horas y una joya sin valor.
Un destello sin luz y una carta sin poemas, una rosa sin pétalos en un jardín sin flores.
Un brazo sin calor en una noche fría, unos labios sin pasión y una mirada vacía.
Pero con toda la paciencia que el amor da, con toda la incondicionalidad de la amistad.
Porque no hay amor sin amistad ni amistad sin amor, no hay vida sin ti porque mi vida eres tu.
Porque eres mi piso, eres mi techo, eres mi descanso y eres mi lecho.
Eres la vida a la que me aferro, el sueño en el que juego, eres mi mañana y mi noche, eres cada palabra que sale de mi alma, eres el te que me calma.
Serás el abrigo en mis días finales y serás el comienzo en mi otra vida.
Serás cada suspiro en cada mirada, serás cada historia en mis cuentos de hadas.
Eres la amistad y eres el amor, serás el amor y serás la amistad.

Henry Martínez.-


sábado, 6 de febrero de 2016

EN QUE TE CONVERTÍ



En que te convertí cuando tu mirada, que yace triste y vacía era la alegría de vida
y en  cada mirada iluminada, moría por ver esos ojos verdes cada mañana
ahora muere mi alma al ver nostalgia en tu mirada

En que te convertí cuando escucho tus pasos arrastrase,
tus pasos que flotaban en mi imaginación y no esperaba el momento de encontrarte
sino que corría a tu encuentro antes de cada cita

En que te convertí si el sonido de tu risa la traía el viento
y en mis oídos dejaban un aroma suave de calor en mi espíritu
ahora el dolor opaca tus labios y el sonido se hace tridente
Dios! en que te convertí

En que te convertí si tus manos áridas rosan mi piel dejando un rastro de sangre
que recorre por mi esencia plasmando una marca imborrable 
que aunque curada por tus lágrimas me recordaran siempre 
en que te convertí

Si me preguntan en que te convertí 
diré que eres producto de mi olvido, de mis ganas y de mis sinsabores
diré que te convertí en lo que soy y en lo que seré
diré que el viento te trajo a mi y soplé sin querer para regresarte
eras para mi y en otra te convertí. 

Viviré en lo que te he convertido y moriré con la que conocí
esparciré mi ser en la búsqueda de ti para que regreses con la brisa y refresques de bueno mi existencia
porque no es en lo que te convertí lo que quiero 
y si alejándome de ti regresas a ser tú
entonces al final te convertí en lo que eres.

Henry Martínez.-



miércoles, 3 de febrero de 2016

Encontrar lo que nunca se ha perdido (Parte I)


Con la calidez de la brisa del verano y sin recordar que antes había visto esa montaña, estaba allí parado sin dejar de observarla, mientras que el sol le daba en la cara pero aun con ese aire fresco que no te hace sentir el calor del día. Esta vez sentía el raro impulso de subir a esa montaña, existía algo que le atraía, no podía dejar de mirar y en cada detalle se detenía como si buscaba algo específico, como queriendo encontrar eso que se le había perdido y que sabía que estaba allí, en algún lugar de esa montaña. Pero, ¿qué era lo que buscaba? Aun daba vuelta en su mente tratando de buscar algo que le hiciera recordar, mientras tanto seguía observando la montaña, el sol continuaba su paso a través de las colinas iluminando cada segundo el verde prado y los altos arboles que cubrían cada palmo de la tierra como una alfombra. Y mientras más aclaraba mas se podía ver entre la quebrada el asomo del río que corría como insipientes gotas de rocío acumuladas en las hojas de los árboles y entre la grama, hasta alcanzar las parte más baja en una férrea competencia cuyo destino final es el mar.
Y aun seguía hay, parado frente a esa montaña, cada vez con más detalles, cada vez con más asomo, con los ojos más abiertos como si estuviera a punto de ver algo extraordinario, sin darse cuenta que el sol se hace más cálido.  Agudizaba ahora su visión, tratando de no moverse para escuchar los sonidos que provenían de esa montaña que tanto observaba. Esta vez con movimientos lentos comienza a recorrer con sus manos los bolsillos del pantalón constatando así que aun tenía su cartera, su celular, sus llaves del apartamento y del carro, siente el peso de su reloj en la muñeca y entre sus dedos chocan los anillos ubicados en su dedo anular y meñique, y se da cuenta que no es eso lo que busca. Detiene la búsqueda en sí mismo para no distraerse de los detalles que la luz del sol le ofrece de esa majestuosa montaña.
Ve  ahora con detenimiento los movimientos de los arboles, quizás sea el viento, quizás sean las aves. Ve con entusiasmo el paso de la brisa sobre el pasto, ondeando la yerba como el cabello de un hermoso corcel corriendo por el campo. Pero algo atrae su atención y mira fijamente entre los árboles, intenta afinar su visión inclinando su cabeza un poco hacia adelante,  volviendo  afinar con un leve movimiento de sus ojos pardos paseándose de izquierda a derecha… se detiene de inmediato, cree haber visto algo, visualiza como una sombra entre los arboles pero no sabe que es, parece que eso quisiese moverse pero al mismo tiempo estar quieto, cierra un poco los ojos para ver mejor y aun así no logra saber que es, pereciera que fuese un animal y también una persona, no logra adivinar. Al mismo instante que observa piensa que es su mente que le está jugando una mala pasada, pues sabe que nada físicamente puede ser tan cambiante, que nada en este mundo puede ser de dos formas al mismo tiempo. Pestañea por unos segundos y al mirar de nuevo la sombra ya no está, bueno… eso que creyó ver, ya no estaba. Pasa sus manos sobre sus ojos un poco cansados intentando refrescarlos, mira hacia las montañas buscando de nuevo eso que creyó haber visto y no esta, parece como que  nunca estuvo, pues un rayo de luz ya iluminaba ese lugar.
Baja la cabeza con un sentimiento de decepción, como si hubiese perdido su tiempo, pero algo dentro de sí quería volver a mirar. Y así lo hizo, se incorporo a su postura inicial y miró hacia la montaña, esta vez decidido a encontrar lo que buscaba. Miró y se dio cuenta que la montaña no se parecía a la misma que había visto hace unos minutos atrás, estaban los arboles y los prados, pero la iluminación del sol completamente en el cielo le daba al paisaje otra imagen distinta a la que iluminaba al alba. Miró de nuevo y esta vez agrandó la mirada entrando todo el esplendor de la imagen en sus ojos, ¡Tengo que subir! Pensó en voz alta y sin desprender la mirada de la montaña comenzó a caminar hacia ella.
El camino estaba marcado, la hora no le preocupada, solo quería subir pues aun sentía ese impulso que le aprisionaba el pecho. Mientras más se acercaba más imponente era la montaña, se le hacía inmensa pero eso no le importaba, solo quería subir. Ya el calor empezaba a hacer estragos y a pesar de la suave brisa que se cuela entre los árboles, solo tenía una cosa en mente: subir, ¡subir! ¡SUBIR! Y encontrar eso que buscaba, eso que creyó ver o  que su mente quiso que viera.

Henry Martínez.-

lunes, 1 de febrero de 2016

ACUARELA

Llovía. Abrí mi paraguas morado. Estaba esperando el autobús. Pasaron los minutos, un hombre con camisa azul paseaba de lado a lado en su terraza, bastante lejos de mi. Lo seguí con la mirada, para luego concentrarme en la trayectoria de las gotas entre el cielo y el piso, en la mitad estaban los carros, los faros, mi paraguas y los charcos. Pasaron más minutos. La lluvia caía constante. Me acuclillé en el piso y sostuve el paraguas entre mis rodillas, saqué mi diario y comencé a escribir: Llovía, abrí mi paraguas rojo. Estoy esperando el autobús. Pasan los minutos, hay un hombre con camisa amarilla paseando de lado a lado en su terraza, una cuadra hacia el frente. El autobús llego retrasado, sus luces parpadeaban, yo estaba mojada. El motor me adormece, veo la trayectoria de las gotas de un extremo a otro en la ventana, cuento los puntos de luz. Me quedo dormida y sueño: llueve, y abro mi paraguas rosado. Estoy esperando un autobús. Pasa un tiempo, un hombre con la camisa verde pasea de un lado a otro en una terraza en un edificio alto y gris, lo veo muy lejos. Me acuclillo en el piso, hay ramas pequeñas y verdes asomándose en los charcos cerca de mí. Sostengo mi paraguas en mi rodilla y saco un espejo, pero no puedo verme el rostro. Hay gotas de agua en mis ojos, no puedo abrirlos bien; el agua se siente fría y me despierta. Sigue lloviendo, estoy esperando el autobús.

Autora: Delia Salazar
Blog: ceraycarbon.blogspot.com